083 - La abertura en mi cabeza
14 marzo 2008
He notado que ultimamente al intentar dormir imagino que un puñal, o la punta de una lanza atraviesa mi cabeza, estacandome firmemente a la almohada. No imagino una mano sosteniendola ni que cae de las alturas. Solamente la siento ahí, a la altura de mi sien, comenzando a hundirse. Atravesando capas de piel, hueso y neuronas, una hoja filosa de etéreo metal. Hasta llego a sentir algo de placer al comprender que si la lanza fuese real daría lo mismo. El ataque de la lanza me da pie para adentrarme en el sueño.
Como es de costumbre, he intentado buscarle una explicación lacaniana al asunto, hasta freudiana, mas no he conseguido encontrarle el significado a este (¿podría llamarle?) suicidio. ¿Debo matarme día a día para dejar de ser yo un instante y sumergirme en mi subconsciente? ¿Tengo que frenar mi pensamiento a corte de cuchillo para que por fin descanse?
Consulté con mis allegados y no supieron que decirme. "Quizás será otra de tus rarezas" atinan a decirme, pero mis dudas jamas son resueltas.
Finalmente ayer mi mujer me dijo que duerme mas tranquila sabiendo que esos ruidos raros, esas sombras que reptan en la oscuridad no son otra cosa que mis ideas que han escapado por la abertura en mi cabeza. Solo necesitan un poco de aire.
Etiquetas: Historias Reales, Sobre El Autor, Sobre Ella
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081 - Nudos
11 mayo 2007
(...)cruzó apresurado a través de la Avenida Córdoba, siguiendo la dirección de Montevideo hacia Paraguay. Apresurado, porque todos saben que los semáforos están del lado de las avenidas, las consienten, le prestan más atención. Y él ese día se sentía una calle, más que una avenida, con el tiempo justo para cruzar la extensión de sus pensamientos antes de caer en el curso de ideas de otro. Una simple duda, una flaqueza en el franco izquierdo de su pecho lo había expuesto a una serie de temores que lo atacaban al doblar cada esquina. Al llegar a la plaza Vicente López se sentó en un banco, extenuado, recapacitando de la carrera a ningún lugar que minutos atrás había iniciado.
"UNIÓN DE PAREJAS
MÉTODO INFALIBLE, ATADURAS IRROMPIBLES
Solo necesita una prenda, una foto o un nombre"
y abajo un teléfono para remitirse. No era necesario, no era ni siquiera algo que él podría llegar a considerar como confiable, verdadero o creíble. Pero ahí se encontraba, despegando el cartel del poste de luz y enfilando al primer teléfono público que se cruzase en su impreciso camino. Buscó monedas en su jean gastado, complicado por su alianza que se empecinaba en aferrarse a cuanto hilo descocido sobresaliera del borde del bolsillo. Pero al final veinte centavos. Lo mínimo y necesario para entablar la conversación a distancia. Sonó dos veces.
-Aló- petulante saludo, forzando un acento o una forma de hablar impropia, robada, un cliché de películas y de imaginación popular.
-Buenas tardes, ¿el... licenciado... Berger?- Licenciado, recién ahora lo notaba. Licenciado en unionificación de parejas y creaderumbre de ataduras irrompibles. Se puede hacer una ciencia de todo.
-Oh, sí si, el mismo habla, ¿con quién tengo el gusto?- Esa voz, afrancesada sin conocer el francés, dulce, opaca o pegajosa, impersonal, estereotipada.
-(...)- Y se imaginó si no fuese él el que estuviese llamando, si fuese un conocido de Berger. Instantáneamente la voz del falso místico hubiese cambiado, se hubiese vuelto ronca, normal, con los modismos argentinos de cualquier hijo de vecino. La charada no sería necesaria y toda esa solemnidad se iría al carajo con un "¡¿Cómo andas, boludo?!"
-Oh, ya veo ¿y usted estaría in-te-re-sa-do en contratar mis servicios?- Vaya, además resulto ser un adivino. Bravo por el licenciado.
-Así es caballero, me gustaría organizar una reunión con usted. Necesito tratar un tema muy importante.
[Continua cuando tenga tiempo y ganas]La casa de Lobos y Avellaneda se caia a pedazos, o mas bien ya se había caido y alguien la había juntado en ese lugar. (...) tocó el tercer timbre de izquierda a derecha, tal cual Berger le había indicado. Al instante se escucho un portazo y el sonido de unos pasos arrastrandose por el pasillo al que conectaba la carcomida puerta de madera.
Un hombre de estatura baja y bastante corpuulento abrio la puerta.
-Usted se llama (...).- Dijo el licenciado Berger.
La voz no correspondía con el físico del adivino. Su cara parecia tallada en madera abichada, sus dedos eran cortos y redondos y estaba vestido con una tunica blanca como un monje de claustro.
-Todo un psíquico, licenciado. ¿Me permite pasar?.-
-Oh, eso será im-po-si-ble, ahora mismo estoy atendiendo a otra persona, pero ya que se tomó la molestia de venir hasta aqui, creo que puedo ayudarle al instante.
-¿Acá? ¿En el medio de la vereda? ¿No tiene que tirar unas cartas o mirar una pelota de vidrio?.-
-No, no, no, monsieur. Yo no practico esos engaños. Por favor, cierre los ojos.-
(...) se quedó perplejo mirando al Licenciado Berger pero despues de unos segundos cerró los ojos y escucho una voz muy profunda que tapaba el ruido de los autos que pasaban por la avenida.
"Recuerde su nombre, traigalo a su mente"
(..) abrió los ojos y encontró a Berger como lo había dejado, con la boca cerrada, las manos entrelazadas sobre su burdo estomago y con cara de impaciencia. Daba toda la impresión de que Berger no había hecho nada, simplemente lo miraba fijo.
-Vamos monsieur (...) mi otro cliente se impacienta.
-Si... disculpe.- contestó mientras volvía a cerrar los ojos, todavía presa del asombro. Nuevamente la voz pareció retumbar por todo el barrio.
"Recuerde su nombre, traigalo a la mente". (...) hizo caso, recordó el nombre de su mujer. ""
[Once again, Continua cuando tenga tiempo y ganas]Etiquetas: Historias Reales
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